sábado, 20 de junio de 2009

El perfil: Roald Dahl


¿Ángel o demonio? ¿Pueril o sátiro? Portador del mensaje de la fraternidad universal y combatiente veterano en el frente de batalla. Un cúmulo de tendencias contrapuestas unidas en la personalidad de uno de los maestros de la literatura infantil del siglo XX. De Roald Dahl sabemos mucho, pero no hay constancia de que fuese un hombre particularmente encorvado. Cosa extraña, porque si alguien tuvo que aguantar el peso insidioso de un ángel y un demonio en cada uno de sus hombros, ése fue él.

A Roald Dahl nunca le sentaron bien las etiquetas. Galés originario de Noruega, nacido en 1916, su infancia transcurre entre sabores y recuerdos opuestos: por un lado, las empalagosas chucherías de las tiendas de Llandaff (Gales) y la imagen de su sádico profesor Repton; por el otro, los plácidos veranos en Noruega comiendo arenques y salmones. Paisajes diversos, dulces y salados, que ayudarían a que el escritor anduviera para siempre por mundos diversos.

Sus primeros contactos con la tinta y el papel no son prematuros. En su juventud, a la edad de dieciocho años, el bueno de Roald acepta un cargo en el departamento oriental de la petrolera Shell. Jugada perfecta para perder de vista el paisaje pétreo y gris de Inglaterra, lugar maldito repleto de internados como St. Peter´s, donde comprobar el ardor de un bastón fino golpeándote en la espalda. Con algunos de esos azotes a cuestas y un mísero baúl en las manos, Dahl recorrerá con ansias de explorador Gibraltar, Malta, Nápoles, Port Sudan, Adén y finalmente Dar es Salaam, capital de la actual Tanzania.
Corrían los meses de 1939, y con un don de la oportunidad indiscutible, el galés se encontraba en mitad de ninguna parte; en una nada inmensa, calurosa y bajo soberanía alemana. Obligado por las circunstancias, viaja a Nairobi (Kenia) para alistarse en la RAF, patrulla aérea del ejército británico con la que conocerá el sonido de las bombas cayendo sobre Bagdad, Habbaniya o Egipto. Herido en Grecia, el soldado Dahl es declarado inútil para el servicio y repatriado a Inglaterra. De ahí a Washington -donde lo traslada su compañía - sólo hay un paso, y para conocer a C.S. Forester -uno de los grandes escritores ingleses exiliado por entonces en EE.UU- apenas dos. A petición de éste, el antiguo aviador relató sus hazañas bélicas sobre el papel sin ninguna expectativa. La acogida que sus escritos reciben por parte de Forester es avasalladora: "¿Sabía que era usted escritor?".

Animado por la perspectiva de un éxito sin balas y hélices, Roald Dahl se pone a escribir. En 1942, con veintiséis años, la Cosmopolitan Magazine publica su primera obra infantil: The Gremlins, la historia de unos juguetones duendecillos que sabotean desde dentro los aviones de la RAF. Las ilustraciones corrían a cargo de la factoría Disney, que más tarde se ocuparía de alojarlo en un lujoso hotel de Beverly Hills. La adaptación al cine estaba en camino, y entre el celuloide y Dahl se produjo una unión que pervive aún hoy.

Para Roald aquello pintaba bien, pero algo dentro de sí peleaba por salir hacia afuera. Transcurridos algunos años, su producción se bifurca para siempre entre el "cielo" y el "infierno". Simultaneándolos con obras como Charlie y la fábrica de chocolate (1964), el galés se lanza a la producción de cuentos "no tan infantiles", que oscilan entre las hazañas sexuales de un madurito acaudalado (Mi tío Oswald, 1979) o el pavor ante el nacimiento del niño Adolf Hitler ("Génesis y catástrofe"). Cuentos que realzan la imagen contradictoria de Dahl, quien es considerado por el gran público como retratista de la bondad humana aunque cargara con el curioso sambenito de "antisemita" durante toda su vida.

En mitad de este sin vivir de quién soy y qué cojones hago, Dahl no hizo ascos a seguir desdoblándose, y durante los sesenta su economía mejora con sus guiones para películas como la "bondiana" Sólo se vive dos veces o Chitty Chitty Bang Bang, sendas adaptaciones de novelas de Ian Fleming. En 1971 escribe el guión de Willy Wonka y la fábrica de chocolate. Con sus guiones más macabros en manos del gurú Hitchcock, Dahl se hizo en un lugar en el panteón de lo oscuro y su refinado humor negro - ya premiado en 1954 y 1959 con dos premios "Edgard Allan Poe"-, le aúpa al reconocimiento de un público más adulto.

Muerto en 1990, dejando tras sí una estela de obras memorables del calibre de Matilda, James y el melocotón gigante o Historias extraordinarias, el galés no llegará contemplar el homenaje póstumo que le brinda Quentin Tarantino en la película coral Four Rooms (1995) al adaptar su cuento "Hombre del Sur".

"Gracias" al estigma de la comercialidad, Roald Dahl es hoy un nombre a adornar los títulos de crédito de una producción de Hollywood. Para algunos, sin embargo, es algo más. Algo como un hocico de lobo asomando por la cama de la abuela. Una voz extraña y profunda que nos susurró al oído que entre la liviandad de lo puro y el negror más tenebroso no existe siempre una frontera marcada.

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