






emas que superaban en importancia a los romances principescos o las aventuras de superhéroes. Dos títulos (Vip, il mio fratello superuomo e Il signor Rossi) suponían el viraje definitivo de la animación europea hacia la sátira política, hacia una crítica inteligente que resultaba sútil y efectiva, pero nunca panfletaria. 


A Nick Hornby podría catalogársele como un tipo normal. Lejos de la impostura barata y superflua de quienes no tienen nada que decir, este acérrimo hincha del Arsenal tiene en la cotidianeidad su objetivo, y en las historias de la gente de a pie, su inspiración. Londinense, melómano convencido y famoso por obras como Alta Fidelidad –llevada al cine por John Cusack y Stephen Fears-, su literatura anda a medio camino entre el realismo y la sentimentalidad, rozando con los dedos la confirmación de que las grandes historias son aquellas que suceden a quienes no son oficialmente grandes.
Vendedores de discos sentimentalmente fracasados, matrimonios burgueses en pleno desencanto, suicidas de todo pelaje que coinciden justo antes de saltar al vacío, gurús de la new wave postmoderna e incluso el propio Hornby ataviado con los colores rojo y blanco del equipo de su alma, son algunos de los personajes que conforman el universo particular de uno de los mejores retratistas de la insatisfacción, de la desesperanza habitual de quienes forman parte de la masa, de aquellos que tienen vetados los flashes y la alfombra roja de la popularidad.
En plena actualidad por su incursión como letrista en colaboración con el músico Ben Folds, su nombre forma parte de la nómina de los autores imprescindibles, de quienes, lejos de la historias supraterrenales, apostaron por considerar a la literatura un reflejo mágico pero real de la misma vida. Un ejercicio de mímesis privilegiada por parte de quienes supieron entender que las mejores historias esperan a la vuelta de la esquina.
+ Info:
http://es.wikipedia.org/wiki/Nick_Hornby
Con la geometría como bandera, con los cuadrados que conforman las fachas gaditanas como punto de partida, Cecilio Chaves ha dibujado su propia visión de Cádiz, teñida de la cal de sus fachadas y el azul intenso de su cielo. Si como dijo Alejandro Dumas, Cádiz debe visitarse mirando al cielo, la colección C2 es un intento admirable de captar esa luz que levanta las cabezas y ciega los ojos. A través de un trabajo multidisciplinar, que se sirve de los lienzos, los trípticos o las cajas de luz, la ciudad queda esbozada en un retrato certero que ocupa, más que merecidamente, uno de las salas expositivas del Castillo de Santa Catalina.
rbo afilado y puntiguado que toca al espectador como un florín afilado, venga éste en forma de impecable balada o de guasa inteligente.
mundo para siempre.
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